
Guillermo Almeyra*
MUNDIALIZACION, NEOLIBERALISMO Y UNIDAD DE LOS EXPLOTADOS
Quiero agradecer la invitación a participar en este importante Diálogo organizado por el movimiento obrero y antiimperialista. Intentaré plantear algunos puntos que considero fundamentales para el debate.
Mundialización y neoliberalismo: Si bien la política neoliberal es la que aplica actualmente el capitalismo, ambos términos no son sinónimos. El capitalismo, desde sus orígenes, ha tendido a abarcar todo el planeta, pero sus políticas no han sido siempre neoliberales. Basta recordar las políticas keynesianas y el llamado Estado de Bienestar Social resultantes de una relación de fuerzas entre las clases en pugna que hacía que el capitalismo se viese obligado a hacer concesiones sociales y políticas por miedo a una revolución social. El neoliberalismo no es la única política capitalista posible: es una política destinada a preservar por medio de la violencia la tasa de ganancia declinante y a reducir los salarios reales y las conquistas de los trabajadores, rebajar los ingresos de los campesinos, extraer enormes recursos de los países dependientes rebajando el precio de las materias primas y empeorando los términos de intercambio. Es una política deliberada destinada a la concentración de la riqueza a costa del aumento brutal de la miseria de las mayorías y una política imperialista que presupone la guerra, la supresión de las soberanías y la reducción en todos los países de los márgenes de democracia. Lejos de ser una fatalidad económica, el neoliberalismo es una política impuesta con la complicidad indispensable de gobiernos de las clases dominantes locales, integrados por sectores que tienen lazos con el capital financiero internacional y que se benefician con los mismos, como lo demuestran los ejemplos de los equipos de Salinas, Zedillo, Fox, Menem, o que se someten a la fèrula de ese capital por temor a los costos de la independencia y a sus propios pueblos. Ni China ni la India han aplicado las políticas neoliberales y por eso sus economías crecen con ritmos sin precedentes. Cuba, a pesar de su pobreza, su falta de recursos naturales y su escasa población, tampoco lo ha hecho y no ha desaparecido después del derrumbe inglorioso de la ex Unión Soviética. Todos los países están sometidos a la mundialización, cuyos efectos son mayores o menores en ellos según su capacidad de resistencia y su densidad histórico-cultural, pero no todos los países son neoliberales ni el capitalismo ha sido siempre neoliberal o lo seguirá siendo. Es posible, por lo tanto, no sólo luchar por otra mundialización que no esté dirigida por el capital financiero y que no oprima a los pueblos sino también por arrojar a la basura la política neoliberal –que es sinónimo de hambre, desocupación, migraciones bíblicas, desastres ecológicos, métodos fascistas y guerra imperialista- e, imponiendo otra relación de fuerzas entre las clases, a nivel nacional e internacional, imponer otras políticas más humanas.
El sistema capitalista mundial actual y los Estados: Contrariamente a lo que sostienen Toni Negri y Michael Hardt, no vivimos en la fase del Imperio, o sea del gobierno de las transnacionales y de la reducción al mínimo de los Estados y de la sustitución de la guerra y del imperialismo clásico por la explotación mercantil. Esta, y el dominio de los recursos –petróleo, gas, energía, agua, biodiversidad – requieren la intervención imperialista brutal, como en Irak de los Estados industrializados en competencia entre sí. Vivimos en la fase de la guerra preventiva, imperialista y de rapiña, que se efectúa con el poder estatal. Las transnacionales dependen de los Estados para hacer sus negocios a escala nacional e internacional. Los Estados hacen sus políticas para ellas y en competencia con otras transnacionales y otros Estados. Los Estados imperialistas imponen a los países dependientes la reducción del papel de sus Estados y la anulación de sus déficits (para que paguen la deuda externa al capital financiero internacional) pero ellos tienen déficits y los cubren con la explotación del resto del mundo. La internacionalización de la economía y el desarrollo de las interrelaciones internacionales en el campo económico han hecho, en efecto, porosas las fronteras y tornado obsoleto el concepto de Estado-nación, pero no han anulado el papel del Estado en los países dependientes, aunque hagan imposible las visiones autárquicas y las políticas desarrollistas del pasado. Las privatizaciones de las palancas de la economía y su entrega a las transnacionales –puertos, transportes, energía, agua, petróleo, bancos, enseñanza, formación de cuadros e investigación- y la teoría de las ventajas comparativas según las cuales México debería exportar petróleo, frutas, flores y hortalizas y mano de obra e importar todo lo demás, desde los alimentos hasta la tecnología y la cultura, destruyen la independencia nacional y condenan al país a exportar a la vez su población, capitales enormes en concepto de servicios de la deuda siempre creciente y recursos no renovables cada vez más escasos.
Es necesario, por lo tanto, un cambio radical en el aparato del Estado, expulsando del mismo a los sectores antinacionales, un Estado democrático basado en la autonomía, la autogestión, el federalismo, la construcción del mismo a partir de las necesidades libremente decididas por los habitantes de cada región, y la formación de dirigentes políticos sometidos a sus bases y revocables por éstas. Es igualmente indispensable una política con apoyo de masas que sea pacifista, antibélica, antiimperialista, y que tenga visión nacional pero no sea chauvinista ni xenófoba sino internacional e internacionalista porque es esencial establecer alianzas en las clases y sectores explotados de los países imperialistas en la lucha contra el capital financiero que condena a éstos, como al resto del mundo, a un futuro de degradación del nivel de vida y de las conquistas sociales, de destrucción ambiental, de guerra continua. Los movimientos obreros de América Central y del Norte, los ecologistas de esta parte del mundo, los demócratas de todos estos países, tienen en el capital financiero, las transnacionales y el imperialismo un enemigo común y deben sacudirse el control por los agentes locales de este enemigo para construir Estados populares y democráticos, de progreso y bienestar para los trabajadores. Sobre la base de esa acción común y de un cambio radical en la construcción de sus Estados será posible, en todos los terrenos de la economía y del desarrollo, encarar planes comunes de colaboración con otros países latinoamericanos para la energía, el petróleo y el gas, la educación, la investigación científica aplicada, la enseñanza o el desarrollo de la producción rural para aprovechar mejor los escasos recursos de nuestros países, complementar sus economías, reducir los gastos que derivan de la competencia o de los esfuerzos paralelos que no aprovechan otras experiencias. No basta con la alternancia, con un cambio en el personal del Estado actual que mantenga, como pasó con el ¨cambio¨ prometido por Fox, su carácter y sus políticas antipopulares. Es necesario una alternativa, otro Estado, desde abajo, democrático, con otro gobierno sometido al control permanente de la población, que sea capaz de defender a la vez la independencia del país y de priorizar el desarrollo en vez del pago de la deuda contraída por otros capitalistas y los intereses del capital financiero internacional.
Transformaciones sociales resultantes de la mundialización dirigida por el capital financiero:
El capital ha puesto bajo su comando las actividades rurales e incluso las relaciones no capitalistas (como las familiares, las de amistad, compadrazgo,etc) que utiliza para cargar a otros los costos de la sanidad, la desocupación, la reproducción social. Eso agrava la situación de las mujeres que deben completar el salario familiar, hacerse cargo de la salud de su familia, enfrentar las consecuencias de la emigración de los hombres en busca de trabajo. La explotación acrecentada de los países dependientes y la concentración de la riqueza y de las oportunidades de trabajo en los países y zonas industrializados provoca enormes migraciones de la mano de obra más enérgica, capacitada y joven de las zonas castigadas por las políticas neoliberales. Los países pobres exportan así a los ricos sus talentos y capacidades, formados en su tierra natal con la contribución de todos, y que aumentan más la riqueza ajena y el drama de enteras regiones y de millones de trabajadores. El abandono de la tierra, así como el desconocimiento por Estados Unidos de la protección ambiental, aumentan el recalentamiento del planeta, y con él la fuerza de los tornados, de las inundaciones así como la sequía y obligan a quienes se quedan en el campo a vivir en condiciones cada vez peores y con peores rendimientos. La depredación ambiental (uso del agua para la industria lechera, como en la zona lagunera, a costa de los ejidos, deforestación acelerada por la industria maderera) destruye vastas zonas otrora fértiles y la concentración en las ciudades en busca de trabajo (que no hay) crea enormes bolsones de pobreza, marginalidad, trabajo que no es tal y que sólo disfraza la desocupación. Las grandes industrias armadoras dan trabajo a relativamente poca gente y las maquiladoras con intensidad de mano de obra, pagan bajísimos salarios, impiden los sindicatos para preservar condiciones de trabajo inhumanas y en cualquier momento huyen a países con condiciones de trabajo aún peores. El capital financiero exige por otra parte al Estado eliminar o reducir al máximo lo que considera costos y no inversiones sociales (sanidad, jubilaciones y pensiones, educación) y trata de hacer retroceder el mundo de los trabajadores al siglo XIX. Para el capital las comunidades y las relaciones familiares y vecinales de solidaridad, son simplemente rémoras porque su modelo es el individualismo extremo, sin ninguna carga de solidaridad o fraternidad. Lo que un bien común (como el agua) el capital lo depreda o trata de hacerlo privado y arroja sus desperdicios en las zonas comunes o al aire, haciendo que la población pague física y monetariamente las consecuencias de su despilfarro. Literalmente, arruina hoy el futuro de las generaciones por venir.
Pero no se trata sólo de hacer la lista de los crímenes contra la sociedad y contra la Naturaleza que comete el capital financiero. Es indispensable proponer medidas que, antes que nada, den conciencia a las mayorías de los problemas que debe enfrentar y, en segundo lugar, den objetivos y formas de organización a la lucha. Para encontrar en la mundialización una inserción que no esté determinada por el neoliberalismo es indispensable contar con una base de masas que enfrente la acción del capital financiero y compense sus maniobras políticas. O sea, hay que conquistar las mentes de las mayorías trabajadoras demostrando que un cambio social radical no sólo es necesario sino que también es posible. Es decir, hay que resquebrajar la dominación capitalista, la aceptación de masas de las ideas de las clases dominantes creando consenso en torno a algunas ideas-fuerza anticapitalistas. En primer lugar, la prioridad de la defensa del nivel de vida, el empleo, las necesidades de la población por sobre los intereses del capital financiero y la lucha por la defensa de las palancas del desarrollo nacional (petróleo, energía eléctrica, agua suficiente y de calidad) contra la amenaza de su privatización. En segundo lugar, la idea de la unidad de los oprimidos, por sobre las diferencias, manteniéndolas incluso, pero negociando para coincidir en lo esencial sobre la base del respeto democrático por las opiniones de los aliados. En tercer lugar, la lucha por la organización para aplicar políticas que aseguren trabajo permanente, combatiendo las que afectan a las pequeñas y medias industrias, destruyen la economía campesina, impulsan la emigración. El cuarto lugar, la elaboración por las poblaciones de planes regionales de desarrollo sobre la base de las prioridades y necesidades establecidas por ellas mismas y su movilización unitaria para imp0onerlos, construyendo así la base de la autonomía, de la democracia y transformación regional, de un federalismo auténtico. En quinto lugar, la lucha en defensa de la cultura y la identidad popular, y en particular de los derechos y las culturas de las minorías étnicas, en un frente de obreros, campesinos, indígenas e intelectuales comprometidos y la lucha por la defensa de la enseñanza pública, de la sanidad, de la investigación según los intereses nacionales
La democratización a nivel del territorio, mediante la autonomía y la autogestión, y en las organizaciones de masa obreras y campesinas, y la movilización con independencia del gobierno, de los partidos, de la Iglesia y de los tiempos y objetivos institucionales son los medios para crear el instrumento unitario y forjar los nuevos dirigentes y cuadros que den cauce al descontento popular detrás de un programa anticapitalista de transformaciones. Es frente permitiría a México retomar el camino interrumpido de Emiliano Zapata y respaldar potentemente la unificación de los movimientos sociopolíticos que en otras partes de América Latina pugnan por un cambio social y por liberar la región del imperialismo. Al mismo tiempo, sería un arma poderosa contra la barbarie del imperialismo y su política de guerra y un gran aliento a los trabajadores y oprimidos de Estados Unidos, nuestro aliados naturales en la lucha contra el capital financiero internacional.
México, DF, 20 de noviembre, Día de la Revolución Mexicana
*Profesor-investigador del Departamento de Relaciones Sociales de la UAM-Xochimilco, profesor de Política Contemporánea de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, articulista y editorialista de La Jornada.