
Anahí Gallardo Velásquez*
ARGUMENTOS PARA UN MODELO ECONÓMICO ALTERNATIVO
Este ensayo pretende plantear algunos elementos que permitan el diseño de un modelo económico para un México alternativo, ante el fracaso de la estrategia socioeconómica implementada en nuestro país desde 1983, la cual ha dejado un grave saldo negativo en términos de bienestar social, empleo, ingreso y producción cuya viabilidad futura es cuestionada intensamente por el colapso financiero a que ha dado lugar y por la estrecha posibilidad que tiene de entrar al sendero del desarrollo sostenido con equidad.
A menos de dos décadas de que concluyera el siglo XX, bajo un contexto de crisis socioeconómica, política, cultural y ecológica de alcance mundial, con cambios radicales en las relaciones internacionales expresados en el proceso de globalización, en la conformación de nuevos bloques económicos regionales y con profundas transformaciones tecnológicas en los campos de la microelectrónica, las telecomunicaciones y la biología molecular, México adoptó una nueva estrategia socioeconómica, cuyo objetivo o escenario a alcanzar fue la llamada "Modernización" del país, bajo un modelo de economía abierta, de liberación económica que sustentaría su crecimiento en variables macroeconómicas principalmente externas, como ha sido el caso del capital extranjero, favorecido por la venta de activos nacionales, la mayor deuda externa, la colocación de bonos y acciones en el mercado nacional e internacional de capitales, así como estableciendo condiciones de confianza, a través del Tratado de Libre Comercio Norteamericano y la nueva ley de Inversión Extranjera (Huerta A. 1994).
Ciertamente, la dinámica del flujo de capital extranjero que se había constituido como la principal fuente de crecimiento y de transformación estructural, se ha visto fuertemente afectada por los vaivenes de la economía internacional, ejemplo de ello es la caída de la participación en el financiamiento de la inversión del país mediante el ahorro externo, que para 1998 representaba el 3.8% del PIB, 3.12 % en el 2000 , 2.9% en 2001, 2.2% en 2002 y para el 2003 1.5%, datos que sugieren que la pérdida constante del financiamiento a través del ahorro externo sería cubierta por el ahorro interno, lo que no ha sucedido, ya que este también ha visto disminuida su participación, pasando de 20.% en 1998 a 18.3% en el 2003. (Banco de México, 2004)
Así, evidentemente, la exigua formación bruta de capital resultante, no permite el crecimiento de nuestra economía evidenciado por una disminución de la tasa de crecimiento de la inversión total, que ha pasado del 11.4% al inicio de esta administración a un –0.4% al final del año pasado.
En consecuencia la nación se encuentra estrechamente ligada a los vaivenes de la economía mundial y específicamente a las necesidades de la economía estadounidense, enmarcadas hoy dentro del Tratado de Libre Comercio Norteamericano.
Bajo este contexto se puede observar la influencia que ejerce la dinámica de la economía de Estados Unidos en la disminución de la tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto de México, que pasó de 4.4% en 1990 a 1.3% en 2003 y que durante el ultimo año del gobierno de Fox, muestra al momento actual un acumulado de apenas 0.66 %.
Asimismo, se entiende el fuerte impacto que la recesión de la economía norteamericana, de los últimos tiempos ha tenido sobre la balanza en cuenta corriente del país, que para 2003 reporta un déficit, equivalente al 1.5% del PIB representando 9,238 millones de dólares, poniendo en alerta al gobierno, a los empresarios y desde luego a los inversionistas extranjeros.
Sobre todo si consideramos que en los últimos años el ingreso de capitales -utilizado para financiar el déficit de la balanza en cuenta corriente- ha descansado en altos rendimientos otorgados por los mercados de dinero y bursátil y no como suponía la estrategia del cambio estructural; como un flujo constante dirigido a la inversión productiva, que permitiría mayores niveles de empleo y bienestar. Lo que clarificó su carácter especulativo y los nulos resultados en materia de reactivación económica del país.
De tal suerte que al referirse a la situación económica que vivió México a fines de 1994, el propio Rudiger Dornbush (1995) señalaba, que los síntomas de la crisis financiera se perciban de tiempo atrás, pues en los últimos años los precios en dólares de habían incrementado, al grado de generar una sobrevalaución de por lo menos 25%, existía una desaceleración del crecimiento y las tasas de interés reales eran sumamente altas en comparación con las tasas de los préstamos de la banca comercial.
Finalmente las reservas cayeron, las deudas se dolarizaron, los vencimientos tocaron a la puerta, el colapso fue inminente y la devaluación fue sólo uno de sus resultados.
Se confirma así una vez más, que la crisis financiera es la expresión de un problema más grave; la falta de un mercado interno sólido -y la no creencia en nosotros mismo, en nuestros recursos y cultura- que nos permita reactivar la producción, genere empleo y eleve el ingreso; que posibilite insertar decorosamente al país en el mercado global y al mismo tiempo atienda las necesidades internas bajo una nueva visión universal.
Dicho de otra manera, el país requiere de un modelo alternativo, de una nueva visión que incorpore no solamente los aspectos monetario y financiero, sino que implique la problemática social y ecológica en su sentido más amplio.
México requiere de una nueva estrategia que de celeridad al desarrollo integral, sostenido y sustentable, es decir que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer las perspectivas de las generaciones futuras (Comisión Mundial sobre Desarrollo y Medio Ambiente, 1987), este sería el reto a alcanzar y ésta la prospectiva que nos debe ocupar
Lo anterior nos posibilita prever un futuro promisorio para el país dadas nuevas condiciones, incitándonos a construir un México alternativo que tome en cuenta nuestras propias necesidades, potencialidades y cultura, que revise incluso las experiencias exitosas de las “economías emergentes” que hoy detentan tasas de crecimiento sostenido -Hong Kong, Singapur, Corea del Sur, Taiwan- economías que han podido promover la solidez de sus mercados internos sin menoscabo de su grado de inserción en los mercados mundiales.
Bajo esta visión la prospectiva para México deberá contener medidas alternativas de política que vayan más allá de preservar las finanzas públicas sanas, reducir el déficit de la cuenta corriente o contener los efectos inflacionarios derivados de las crisis económicas, financieras y sociales.
Pues es menester implementar una estrategia estatal que apoye a los productores de bienes y servicios, cuyas potencialidades fortalezcan el mercado interno y promuevan nuevas formas de organización e integración productiva, lo que impulsaría sin duda el ahorro interno, la inversión y la generación de empleos.
Hasta ahora no existe una verdadera política de promoción y fomento industrial, que apoye a las empresas micro, pequeña y mediana para lograr la competitividad que les exige el mercado mundial, a pesar de los diversos programas de apoyo implementados por Nacional Financiera desde 1985 y esto es indispensable, pues de acuerdo a datos de INEGI constituyen el 98% del total de establecimientos y absorben el 67.5% del personal ocupado.
Paradójicamente la política comercial que pretendía elevar sus niveles de producción y de exportación fue, por su apertura indiscriminada, la que les generó una competencia desleal y la baja productividad de la industria, el tipo de cambio sobrevaluado y las altas tasas de interés, deterioró la planta productiva, incrementó el desempleo y el déficit comercial, redundando en una mayor vulnerabilidad de la economía a las decisiones de entrada o salida del capital extranjero.
Por lo que, como bien señalan varios investigadores, debe propugnarse por otro tipo de política que no solo impulse la inversión productiva sino que la sostenga, a través de:
a) Regular la apertura externa en función de la competitividad de los productos, así como revisar sistemáticamente la política cambiaria para evitar la competencia excesiva y desleal, que destruye la planta productiva y aumenta el desempleo.
b) Apoyar la capacitación tecnológica con el fin de mejorar la productividad y competitividad de la planta productiva nacional. En este aspecto y considerando que el capital humano es pieza clave del desarrollo se requiere contar con una infraestructura educativa cuya capacidad técnico económica sea de largo plazo.
c) Determinar los productos y ramas que se van a impulsar a partir de sus potencialidades productivas y tomando en cuenta las tendencias del desarrollo tecnológico en los países desarrollados.
d) Controlar la inversión extranjera directa para garantizar flujos tecnológicos que apoyen el desarrollo de productos y ramas prioritarias.
e) Apoyar la sustitución de importaciones mediante créditos preferenciales, subsidios y exenciones tributarias.
f) Implementar un tratamiento impositivo diferencial e incentivos fiscales para las ramas prioritarias.
g) Promover las exportaciones manufactureras con políticas cambiarias, financieras y comerciales adecuadas.
h) Adoptar estructuras administrativas y habilidades organizacionales acordes a la dinámica global.
Resumiendo, para lograr la competitividad internacional es necesaria una política industrial que auspicie la producción, elimine los rezagos tecnológicos y busque el desarrollo de tecnologías de punta, todo ello considerando nuestras propias potencialidades y fortaleciendo el mercado interno.
Los empresarios han insistido en este tipo de trayectoria proponiendo una política industrial donde el Estado juegue un papel básico; de apoyo al sector educativo y empresarial en la asimilación y creación de nuevas tecnologías.
Una estrategia donde el Estado asuma el desafío de incrementar el valor que los trabajadores agregan a la economía, promoviendo el desarrollo de sus capacidades y habilidades. Puesto que la educación y las habilidades de la mano de obra son hoy la principal arma competitiva que se tiene para alcanzar los niveles de calidad e innovación exigidos por el mercado global (Porter, M. 1991).
Y ciertamente la competitividad actual depende cada vez menos, de las ventajas salariales o de los recursos financieros acumulados y cada vez más, de la calidad de los recursos humanos y de la capacidad de generación de tecnologías apropiadas al medio ambiente.
En esta visión la verdadera riqueza de las naciones se sustenta en ecosistemas sanos y en ciudadanos despiertos capaces de resolver problemas mucho más complejos, los indicadores del desarrollo deberán incorporar en sus referencias los niveles de salud, alfabetización, calidad del medio ambiente, diversidad biológica y reparto equitativo de los ingresos (Henderson H. 1994).
Por lo tanto, se reconoce que México es un país que tiene que vivir básicamente con sus propios recursos y valores y no compitiendo sino compartiendo con el entorno mundial y debe evitar la adopción de modelos que no correspondan a las expectativas sociales ni sean concordantes con nuestras verdaderas necesidades y potencialidades y, por supuesto identidad.
En suma, es necesario contar con una visión más clara para prospectar un mejor futuro.
* Profesora del Departamento de Administración de la UAM-A
Referencias Bibliográficas
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